19/10/2026
Buenos días. Lunes, un poco de Historia.
Sabías quién fue la primera mujer en divorciarse en Cuba?
A principios del siglo XX, divorciarse en Cuba era, sencillamente, imposible. El divorcio no estaba contemplado en ley alguna. Lo que lo convertía en ilegal y además, en términos religiosos y de sociedad, era extremadamente mal visto.😔
Sin embargo, en esa época hubo una mujer que no solo quiso divorciarse, sino que también lo consiguió.
Conozcamos a Catalina Lasa: 👇
Nacida en Cárdenas, Matanzas, Catalina Lasa, para principios del Siglo XX, estaba considerada la mujer más hermosa de toda Cuba. Conocida en la alta sociedad, tras ganar varios concursos de belleza. De ojos azules y penetrantes, facciones agraciadas y una hermosa figura, Catalina era una mujer cuya presencia deslumbraba. Para colmo, carismática, de exquisitos modales y muy culta, a esta bella mujer no había hombre capaz de resistírsele. Muchos trataron de cortejarla, hombres poderosos, hombres apuestos, pero ella, casada, sonreía y los rechazaba a todos. 🤚
Esto cambiaría cuando, durante una fiesta, el destino quiso que conociera a un rico hacendado criollo llamado Juan Pedro Baró. Él quedó prendado y ella también. En poco tiempo, comenzaron un amorío. Aunque se veían a escondidas, pronto empezaron a circular los comentarios respecto a la pareja de amantes.
Catalina, entonces, decidió pedir a su esposo la separación, puesto que no existía en Cuba una Ley de Divorcio en aquellos tiempos. El esposo de Catalina se negó a la separación y ella, firme en su amor a Baró, se mudó con él. Esta decisión, pese a acentuar el amor de la pareja, les costó duras críticas de la sociedad, que prácticamente les condenó al ostracismo, en especial a Catalina. A pocos les importó que la pareja se amara, solo veían que ella no podía divorciarse y su osadía merecía que se le despreciara. A Catalina poco le importó la opinión ajena y siguió adelante con su romance.
Por desgracia, la familia de su esposo lo presionó y este abrió un expediente contra Catalina, acusándola de bigamia, un grave delito en aquel entonces. Ello obligó a la pareja a escapar de Cuba, hacia París. Perseguidos por los cargos de los que se acusaba a Catalina, decidieron ir a Italia. Lo hicieron disfrazados y por vías distintas, para evitar llamar la atención. Al reunirse nuevamente, pusieron rumbo al lugar en el que podían obtener la libertad para amarse: Roma, donde estaba el Papa, la única persona que podía anular el matrimonio de Catalina.
Lograron una audiencia con el Papa, quien escuchó su historia y, sorprendentemente, accedió a anular el matrimonio de Catalina. Ya con la bendición de la máxima autoridad de la Iglesia Católica, Catalina y Baró eran totalmente libres de amarse. Más adelante, cuando fue aprobada en Cuba la Ley del Divorcio en 1917, Catalina se divorció de su esposo y contrajo nupcias con Baró.
El mismo 1917 volvieron a La Habana, donde se reincorporaron a la alta sociedad. A pesar de que para todos los efectos, el divorcio de Catalina era legítimo, desde el plano legal y religioso, muchos veían a la pareja con malos ojos y de vez en cuando no faltaron insultos y miradas de desprecio. Catalina y Baró, felices, disfrutaban de su amor sin poner atención a semejantes banalidades.
Baró, por su parte, se desvivía por hacer feliz a su esposa. Le construyó un palacete en la Avenida Paseo, en el Vedado, el cual fue inaugurado en 1926, contando hasta con la presencia del Presidente. Literalmente hizo crear una rosa para Catalina, la cual sería resultado de un injerto llevado a cabo por floricultores, a quienes Baró pagó una fortuna por esto. La rosa, que florecería en los jardines de la residencia, se llamaría "Catalina Lasa".
Tras vivir un tiempo en su nueva casa, la salud de Catalina se agravó y la pareja se trasladó a Francia, dónde la hermosa mujer moriría en los brazos del amor de su vida en 1930. Pero ahí no acaba la historia. Catalina fue embalsamada y su cuerpo fue transportado a Cuba. Se le ubicó en una bóveda provisional en el Cementerio de Colón mientras Baró pagaba la construcción de un lujoso panteón, para colocar los restos mortales de su amada. Este panteón costaría 500 millones de pesos. En 1932, los restos de Catalina fueron depositados en el panteón, con un ramo de las rosas que llevaban su nombre, solo que estas estaban hechas de piedras preciosas.
Años después, Baró moriría y según se cuenta, su última voluntad fue que lo enterraran de pie junto a Catalina, para custodiar el sueño eterno de su amada. Así mismo, mandó que se clausuraran sus tumbas con losas de hormigón fundido en situ, para evitar profanaciones.
Actualmente, la casa que Baró le construyó a Catalina se ha convertido en la sede de la Casa de la Amistad, perteneciente al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. En el Cementerio de Colón puede encontrarse la tumba de esta pareja, cuyo amor es uno de los más hermosos y conmovedores de la historia cubana.
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