16/05/2026
En estos últimos meses he intentado avanzar, colaborar, abrirme… y en ese proceso también ha entrado gente nueva en mi vida.
Estoy en una etapa donde todo es empezar desde cero, construir poco a poco, sostener el esfuerzo con las manos y con la cabeza.
Trabajo en un oficio que siempre se ha visto como “de hombres”. Y aun así, aquí estamos, rompiendo estereotipos, demostrando que no va de género, sino de pasión y de lo que realmente te mueve por dentro.
Pero el camino no solo te enseña a hacer.
Te enseña a ver.
A veces no es el trabajo lo que pesa, sino la mirada del otro.
Y en ese punto me he encontrado con algo que me ha removido.
Momentos en los que sientes que el trabajo se valora, pero no a la persona que hay detrás, como si fuera una máquina.
En una situación reciente sentí que lo importante no era el trabajo ni la persona, sino lo que terceros podían obtener a través de él.
Y eso me hizo pensar mucho.
Porque cuando empiezas desde cero, con honestidad y esfuerzo, esperas una colaboración como un encuentro, no solo un beneficio para una parte.
Que haya equilibrio y mirada humana.
Pero no siempre es así. A veces pesa más lo que cada uno quiere ganar que lo que se puede construir juntos.
Y a veces se habla de “egoísmo sano”, como si mirar solo por uno mismo fuera lo correcto siempre.
Pero cuando eso domina, se pierde algo esencial: la humanidad en el trato.
No me rompe. Sigo, pero deja huella.
Y esto me ha hecho ampliar la mirada.
Porque no pasa solo en lo profesional, sino también en lo cotidiano, en muchos momentos del día a día.
Ahí he visto que esa humanidad no desaparece, pero a veces queda en segundo plano, tapada por la prisa y por el foco en lo propio.
Como si cada uno estuviera en su camino sin ver al otro.
Antes de ser profesionales o cualquier rol, somos personas.
Y lo importante es esto: cómo nos tratamos mientras avanzamos.
No creo que falte humanidad, creo que a veces se tapa cuando vamos demasiado rápido y dejamos de mirar alrededor.
Y aun así… sigo creyendo en lo bueno.