21/05/2024
Soy Tinkunaco
Algarroba, mistol, maíz y guanacos; mi alimento;
el agua discurre cristalina y dulce y el aire puro,
y mi piel cobriza, pies curtidos y mis ojos negros.
Mi pecho fuerte: flecha certera en mis brazos diestros.
Bucólica aldea en la que los viejos me enseñaron
que el puma no asesina, sino caza; que el árbol
y su umbría regodean nuestras siestas del estío
calma nuestra hambre y alumbra nuestros sueños.
Esos viejos venerables de paz en sus disputas
Habladores natos del pasado y leyendas que nacían
de sus lenguas dirigidas a los pequeños casi hombres;
ahora sé que sólo encerraban enseñanzas e ilusiones.
Era un mundo de paz, casi perfecto, y llegó el Inca
milenario, bravo, rígido; lengua extraña y golpeadora
con sus dioses extraños a los míos, cuasi inocentes
y sometidos fuimos y el pudor de las doncellas se lo dimos.
Pidió tributo y se lo dimos, pidió sumisión y recibieron.
Nada pedimos, mas igual nos enseñaron sus cuitas de alfareros,
y la urdimbre de telares nuevos, y oraciones a su Inti eterno.
Artesanos del camino, postas y su gran conocimiento.
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Superiores a los nuestros se decían y mezclamos nuestra raza,
Me llamaron Tinkunaco porque encuentro fui entre los gastas comarqueños y el legendario y viejo Cusco de leyendas;
mamacollas, aillus, mama quilla, inti, y el viejo Wiracocha.
Mis venerables enseñaron que el puma no asesina, sino caza
-en tanto las ramas crepitaban- y que sólo el hombre acobarda.
Kakán soy, Tinkunaco me llamaron desde que macho y hembra
se acoplaron para darle vuelo y nuevos bríos a mi raza.
Wiracocha y su deidades, más las nuestras se afincaron
en el corazón de los cacanes, y no hubo clan que no rogara
a la Madre Tierra; la dulce Pachamama ¡kusiya!, ¡kusiya!
Y así los siglos al pie del Wamatinag, oro y plata para el Inca.
Pachacutec, Tupac Yupanki, Huayna Capac, y Huáscar
y el último del linaje, Atahualpa, cóndor de quebradas alas.
Y yo Tinkunaco: con el Inca, con mi pueblo y las naciones
del Kakán que cobijaba esta tierra: Sanagasta, Nonogasta,
Vichigasta, Malligasta, Cochangasta y sus caciques portadores
de una vieja tradición del equilibrio, de paz y mansedumbre.
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De esa paz barbados hombres blancos me sacaron y alojaron
en la peor de las celadas: no sólo nos robaron nuestras almas;
nos robaron nuestras carnes y a la dulce Pachamama;
nos birlaron nuestra lengua, la kakana, y su uso la prohibieron.
Y fue La Rioja con Don Ramírez de Velasco y sus bravos
que de noche ultrajaban a las hembras de mi pueblo
y de día con la cruz nos sometía. He sabido del amargo
desembarco de estas gentes que me hicieron forastero.
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Parieron nuestras hembras del linaje fijodalgo.
Parieron nuestros bravos en la siembra ajena.
Parieron nuestros dioses ante un altar trinitario.
Parieron nuestras fuerzas y se perdieron las lanzas.
Sin honor y sin orgullo nos dijeron inferiores.
Un nuevo señor sometía nuestros brazos;
tributo renovado y más cruel y más sangriento.
En tanto el alcohol redimía nuestras p***s.
Y la quena y el charango y la baguala
adormecían la nostalgia de los años buenos.
(El puma no asesina, sino caza, habían dicho los abuelos).
El bruñido de la espada sometía nuestras fuerzas,
Atacaban los poblados de las gentes buenas;
esclavizaban y saqueaban nuestras aguas y mataban
sin piedad los corazones y torcían nuestras mentes.
(Nos sangraba y torturaba el español, pero “no matéis”,
mataba, “no robéis”, robaba, y “amaos”, odiaba).
¡Cacique Coronilla! ¡Cuántos bravos te seguimos!
Y al pie del Wamatinag cuatro caballos te alzaron,
Y tus miembros esparcidos por los poblados riojanos
para espanto de la indiada y suficiencia del hispano.
(A todo eso le llamaron “tinkunaco”).
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(Pero yo -Tinkunaco a la fuerza- no estoy mu**to.
vivo resguardado en las venas de esos indios blancos
que esconden pudorosos su acendrada esencia indiana.
Vivo en cada uno de sus rasgos; en sus cabellos,
en el renegrido de sus ojos y en cada boca
de la morena hermosa.
Yo, que me han hecho Tinkunaco forzado, estoy
en cada uno de los hombres de mi pueblo y vago
entre esa piel cobriza y esos ojos linces;
y aunque mi kakán está olvidado
me queda el recuerdo de los gastas).
Hoy luzco alegre y sincero, traje y corbata
y espejillos de colores y ruana me lleva;
deleite de miles; sensación del alma
en cada Tinkunaco de esta Rioja amada.
Soy Tinkunaco.