10/02/2026
Xibalba: raíz compartida
Desde Colombia caminamos hacia México
no con los pies,
sino con la memoria.
Atravesamos siglos, montañas, selvas y mares invisibles
para llegar al mismo lugar:
el origen.
Xibalba no es oscuridad.
Es el útero profundo de la tierra,
donde la muerte se recoge para volver a ser semilla.
Allí descienden los nombres antiguos,
las voces que no aprendieron a morir,
las mujeres que cargan en el rostro
la sabiduría de lo que ha sido y lo que será.
El maquillaje es un acto sagrado.
No embellece: revela.
La obsidiana traza caminos sobre la piel,
el rojo recuerda el pulso de la sangre primera,
el azul guarda el aliento de los dioses sumergidos.
Cada línea es una ofrenda,
cada sombra un rezo pronunciado sin palabras.
En el rostro de la mujer,
Xibalba se hace visible.
Ella no representa al inframundo:
ella lo encarna.
Es calavera viva, flor nocturna,
es la belleza que no teme a la muerte
porque la reconoce como hermana.
Su mirada sostiene el equilibrio
entre el mundo que camina
y el mundo que sueña.
México y Colombia se reconocen sin presentarse.
Somos pueblos nacidos del maíz y del barro,
de la herida y del canto,
de la resistencia y la fiesta.
Compartimos la raíz que habla con la tierra,
la costumbre de pedir permiso al sembrar,
la certeza de que los mu***os no se van:
se transforman en guía.
Como pueblos americanos,
descendemos al inframundo para recordar quiénes somos.
No huimos de la sombra:
la abrazamos.
Porque allí habita el fuego antiguo,
el que sostiene la vida cuando todo tiembla.
La mujer maquillada es altar y camino.
En su piel se escriben los pactos invisibles
entre naciones hermanas.
Ella guarda la memoria común de América:
una belleza profunda, indómita,
nacida de la ancestralidad
y sostenida por la raíz.
Y así,
desde Colombia,
nombramos a México con respeto,
con amor,
con la certeza de que Xibalba
no separa:
nos une.