08/03/2022
A quien interese:
Cuando tenía 7 años amaba ser mujer, no era una niña de vestidos pero si de churros alborotados, color rosado con lila, de jugar basket con mis zapatos de la barbie, de zapatos de tacos esos de plástico que vendían en la juguetería y de un montón de esteriotipos que me hacían feliz y en los que nunca pensé realmente, la ropa debía ser cómoda para jugar y correr, punto, no había más criterio para vestirse, había escuchado sobre el acoso en la calle pero me era ajeno, hasta un día, tenía 10 o 12 años y caminaba de la mano de mi niñera en la calle en Guayaquil y unos hombres le dijeron cosas que me parecieron espantosas, no entendía la razón, ella no los había mirado ni dicho nada, me enojé mucho, ella era mi amiga, así que volteé y grité “estúpidos” y les saqué el dedo medio, quien diría que no sería la primera vez que tendría que hacer eso, y que más adelante sería por cosas que me dirían a mi… quien diría que un día un hombre se enojara tanto porque confronté su acoso que me dijo “ven acá pues para golpearte si tanto quieres pelear”, y me siguiera por unos metros… no, yo no quería pelear, yo sólo quería caminar sin ser acosada por nadie… pero bueno, de repente la ropa ya no puede solo cumplir con el criterio de ser cómoda para correr y jugar, debe taparme lo suficiente para que no piensen que yo lo provoqué, debe ayudarme a escapar en caso de que lo amerite, si es de noche es mejor que sea de un color fuerte para que me reconozcan en caso de ser necesario… a Samantha de 7 años no le gusta los parámetros que ahora la ropa debe cumplir, y espero algún día poder volver a pensar en vestirme solo por mi