12/02/2026
Hoy he ido a una de mis cafeterías favoritas de Madrid.
Mientras desayunaba una tostada de aguacate con un té chai y escribía en mi ordenador, me resultó imposible evadir la conversación de un grupo de mujeres, muy animada, a decir verdad, por su tono de voz. Hablaban sobre la religión, la fe, la espiritualidad y el cristianismo.
Una de ellas —no católica— compartía que últimamente estaba sintiendo una gran curiosidad que la acercaba a la Iglesia y se debatía entre asombro y admiración por personas de su círculo más próximo que, según decía, estaban “despertando espiritualmente”.
A medida que exponía su interés y abría el debate entre sus amigas, las otras mujeres ofrecían sus opiniones y compartían sus rituales, sus rezos matinales y los hábitos que les hacían bien.
Otra decía que ahora la juventud tenía una nueva oportunidad de acercarse a la religión y a la fe, distinta a la educación que ellas habían recibido. Y que eso, a sus ojos, abría la posibilidad de una aproximación más libre, más sana y de reconciliación. Algo así como aproximarse con ojos nuevos.
Comparto esto porque me parece hermoso presenciar la inquietud por comprender, por compartir una visión, por abrirse a los demás desde la experiencia y el sentir.
Y también porque cada día estoy más convencida de que estamos carentes de amor.
Hay una verdadera necesidad de fe y de espiritualidad que, de una forma u otra, nos toca a todos como sociedad.
Necesitamos empezar a mirarnos de otra manera o mirarnos directamente.
Reconocernos dignos de amor, simplemente por existir.
Por estar aquí y ahora.
Te mando mucho amor y me encantará leerte.
María