29/09/2026
Hay momentos que te obligan a mirar hacia atrás para entender el verdadero valor del presente.
Hoy, sentada en un hospital segura, cómoda y limpia, acompañando a mi hermano, no puedo evitar que mi mente viaje a aquellos días en los que el amor por nuestra madre nos hizo resistir lo impensable.
Conozco de primera mano la crudeza y la vulnerabilidad de los pasillos del IMSS. Sé lo que es intentar dormir en una silla rígida, o terminar durmiendo en un piso sucio, marcado por fluidos corporales y con cucarachas caminando a tu alrededor.
Recuerdo con una mezcla de n**o en la garganta y profundo orgullo a mis hermanos, quienes pasaban las noches a la intemperie. Dónde encontrar un pedazo de cartón en la calle era encontrar un tesoro, cuidándolo como si fuera oro para poder recostarse sobre el un rato, ignorando a los ratones que rondaban a su alrededor.
Todo lo soportamos con tal de no separarnos de ella.
Haber vivido esa realidad me hace valorar inmensamente el contraste de hoy.
Estar al lado de mi hermano en un lugar donde recibe atención médica de calidad, y donde a nosotros, su familia, se nos brinda un espacio seguro, es un privilegio que agradezco desde el fondo de mi corazón.
El trato digno y humano no debería ser un lujo en la salud, pero cuando conoces el otro lado de la moneda, lo abrazas como una verdadera bendición.
Esta experiencia me ha dejado una lección imborrable: el amor por la familia te da la fuerza para dormir en el suelo más frío y hostil, pero también te da la perspectiva para agradecer profundamente cuando la vida te permite acompañar a los tuyos desde la dignidad.