07/10/2025
La serpiente mordió a la coneja.
Con el veneno ardiendo en su cuerpo, la pobre criatura buscó refugio donde sus hermanas.
Pero al verla llegar, temblando y con los ojos llenos de dolor, las demás conejas retrocedieron asustadas.
—No entres —le dijeron—, si el veneno se propaga podríamos morir todas.
Y cerraron la madriguera.
La coneja, con el cuerpo helado y el alma rota, salió tambaleándose al campo.
Cada paso le dolía.
No solo por el veneno… sino por el desprecio de quienes más amaba.
Caminó hasta encontrar una pequeña cueva al pie de una montaña.
Allí se recostó, temblando, esperando que la noche pasara.
Un colibrí, que volaba cerca, la vio y se acercó con ternura.
Le susurró: —Aguanta, pequeña, voy a avisarle a tus hermanas que sigues viva.
El colibrí voló de prisa y llegó hasta la madriguera.
Les contó que su hermana aún respiraba, que quizás podrían visitarla antes de que fuera tarde.
Pero las conejas bajaron la mirada.
Una dijo: —Es que está muy lejos…
Otra murmuró: —Tengo miedo de contagiarme…
Y una más agregó: —Mañana iré, hoy estoy cansada.
El colibrí volvió triste, y cuando llegó a la cueva, la coneja ya había cerrado los ojos.
Murió en silencio, sin rencor, mirando hacia el cielo que se abría con el amanecer.
Al día siguiente, el colibrí volvió a la madriguera y les dio la noticia:
—Su hermana ha mu**to.
Entonces, todas las conejas salieron corriendo, llorando, cruzando montes y ríos para llegar a la cueva.
Pero al llegar, solo encontraron su cuerpo inmóvil…
y una pequeña hoja junto a ella, con unas palabras escritas:
“En la vida, muchas veces las personas no cruzan la calle cuando estás vivo,
pero cruzan un océano entero para verte cuando mueres.
Y las lágrimas en los funerales muchas veces no son de tristeza,
sino de arrepentimiento y remordimiento.”