05/20/2026
Ayer conversaba con un ahijado sobre una manifestación que presenció en una obra recomendada por Orunmila a través de sus ancestros. Mientras hablábamos, comprendí que muchas personas, en algún momento del camino, atraviesan etapas de cansancio, confusión y desconexión con la verdadera esencia de la religión. Y precisamente por eso quiero compartir una reflexión que no nace del folclor ni de la costumbre, sino de la conciencia.
En medio de la conversación le hice una pregunta que hoy quiero hacerte a ti: ¿alguna vez te has detenido a pensar quién es realmente ese ancestro al que llamas cuando necesitas ayuda? No me refiero al vaso de agua, ni a la vela, ni al adimú, ni a los gallos o carneros que puedas ofrecer. Me refiero al hombre o a la mujer de carne y hueso que un día vivió, sufrió y resistió para que hoy tú puedas pronunciar el nombre de Olodumare y recibir el conocimiento de Ifá a través de Orunmila y Orisas.
¿Te has preguntado cuánto dolor hubo detrás del ashé que hoy manejas con tanta ligereza? Ese ancestro quizás nació libre en su tierra africana. Tuvo madre, padre, hijos, lengua, nombre y dignidad. Y un día lo perdió todo. Fue encadenado, marcado con hierro caliente, transportado como mercancía y amontonado en la oscuridad de un barco donde la muerte respiraba a su lado. Llegó a una tierra extraña donde intentaron convencerlo de que no era una persona, sino una herramienta. Trabajó hasta sangrar, recibió latigazos y sobre las heridas abiertas le arrojaron sal. Le soltaron perros, lo persiguieron a caballo, lo humillaron, lo violaron y le arrancaron a sus hijos de los brazos. Intentaron destruir su cuerpo, su memoria y el conocimiento sagrado que guardaba en su interior.
Y hay algo todavía más profundo que pocas personas consideran. Según enseña el odu Baba Oshe Meji, en muchos casos la esclavitud y el sufrimiento fueron también consecuencia de no escuchar los preceptos de Olodumare. Es decir, ese mismo ancestro que hoy invocas para que te proteja pudo haber experimentado en su propia existencia las dolorosas consecuencias de apartarse del camino correcto. Y aun así, en medio del castigo, del dolor y de la humillación, no perdió la conciencia ni el conocimiento de lo sagrado. Rectificó, resistió y preservó el legado espiritual para que hoy tú no tengas que repetir los mismos errores.
No pudieron destruirlo, porque el conocimiento verdadero no vive en los libros; vive en la conciencia, en la sangre y en el espíritu. Gracias a esa resistencia, hoy tú puedes consultar, recibir orientación, encender una vela y llamar a tus ancestros por su nombre. Gracias a esa resistencia, el conocimiento de Ifá transmitido por Orunmila llegó hasta tus manos.
Entonces quiero preguntarte algo con absoluta honestidad. Cuando te paras frente a tu bóveda y comienzas a pedir, ¿alguna vez piensas en lo que costó que ese espíritu llegara hasta ti? Cuando te quejas porque la ceremonia es larga, porque hace calor o porque no tienes tiempo, ¿te detienes a pensar que hubo seres humanos que soportaron el in****no sin abandonar el conocimiento de Olodumare? Y cuando crees que diez gallos, cincuenta carneros y una mesa llena de adimuses lo resuelven todo, ¿de verdad piensas que el ancestro está esperando comida o que está esperando conciencia?
Porque voy a decirte algo que muchos no quieren escuchar. El ancestro no come tu ego. El ancestro no bebe tu vanidad. El ancestro no se impresiona con tus títulos, con tus telas finas, con tus collares, con tus jerarquías ni con la cantidad de ahijados que tienes. El ancestro mira tu carácter, tu humildad, tu integridad y la manera en que honras el camino que otros abrieron con cadenas y sangre.
Y aquí viene la pregunta que verdaderamente raja el alma: si ese ancestro pudiera pararse hoy frente a ti y ver en qué has convertido su sacrificio, ¿sentiría orgullo o sentiría vergüenza? ¿Se emocionaría al ver tu conducta o se preguntaría para qué soportó tanta humillación, tanto dolor y tanta pérdida?
Porque recibir fundamentos no te hace grande. Tener ahijados no te hace sabio. Dar animales no te hace humilde. Vestir de blanco no limpia un corazón lleno de arrogancia. Hablar de santos no te convierte en una persona honorable. Y si estás utilizando la religión para manipular, para humillar, para competir o para alimentar tu soberbia, entonces no estás honrando a tus ancestros; te estás convirtiendo en el capataz de tu propia espiritualidad.
Ellos rompieron cadenas de hierro para que tú pudieras ser libre, y tú te fabricas cadenas de orgullo, mentira e hipocresía. El ashé que hoy manejas no te pertenece; es un préstamo de sangre, una deuda moral que jamás terminarás de pagar.
Por eso hoy no quiero preguntarte cuántas ofrendas has hecho, cuántos animales has dado o cuántos títulos tienes. Quiero preguntarte algo mucho más importante: ¿qué estás haciendo con el sacrificio de aquellos que lo perdieron todo para que tú hoy lo tuvieras todo?
Y cuando vuelvas a encender una vela y pongas un vaso de agua frente a tus ancestros, no les preguntes primero qué más pueden hacer por ti. Pregúntate con honestidad si estás viviendo de una manera digna del dolor que ellos soportaron para abrirte este camino.
Porque la próxima vez que te arrodilles frente al eggun, ellos no mirarán el tamaño de tu ofrenda, ni la cantidad de animales que has dado, ni los títulos que ostentas, ni el prestigio que crees tener dentro de la religión. Mirarán tus cicatrices morales. Mirarán cuántas veces venciste tu soberbia, cuántas veces callaste tu ego, cuántas veces obedeciste los consejos de Ifá y cuántas veces actuaste con dignidad cuando nadie te estaba observando.
Y si al mirarte solo encuentran arrogancia, ingratitud, hipocresía y vanidad, entonces comprenderás una verdad que pocos están preparados para aceptar: no importa cuántos gallos, carneros y adimuses ofrezcas; todavía no has entendido nada. Y quizás lo más honesto que podrías hacer no es seguir acumulando ceremonias, sino apartarte en silencio hasta que desarrolles la conciencia, la humildad y el carácter necesarios para merecer el legado que recibiste.
Porque lo sagrado no existe para inflar egos. Existe para destruirlos.
Nota final: Un día un eggun me dijo: “Pantalón, como están las cosas, algún día van a tener que vivir la esclavitud que nosotros vivimos para que puedan aprender”.
Ilé Olofin
La verdad no se negocia en Ifá